Antes de nada, feliz año nuevo a todos 🙂
Ayer dejé el post prácticamente a medias, así que aquí estoy, terminándolo. Tengo que decir que me da bastante pereza hacer repaso del año a estas alturas, estaba tentada de quitar el post de ayer y empezar de cero con mi blog renovado, pero creo que hacen falta algunos antecedentes antes de explicar mis nuevos proyectos.
Este post simplemente será un repaso de cómo fue mi 2018 y qué decidí cambiar. Lo que estoy haciendo ahora y lo que voy a hacer este 2019 lo dejaré para otra ocasión. Intentaré que sea mañana, pero como muy tarde será esta semana. Sobre todo porque aún tengo que perfilar un poco mis planes 🙂
Cógete un café o la bebida de tu elección, y acompáñame por este increíble viaje (sarcasmo, obviamente) que ha sido mi 2018.
La tormenta perfecta
Los primeros dos meses de 2018 los pasé en España, por circunstancias personales que no vienen al caso. Lo peor de todo es que no tenía posibilidad ninguna de hacer nada relacionado con la escritura, así que tuve que dejar todos mis planes de año nuevo en suspenso hasta marzo.
En esos dos meses tuve que clasificar papeles y cajas de hace años, de mi infancia y adolescencia; digamos de antes de la era digital.
De repente me vi rodeada de cuentos, historias, novelas, principios de novelas, historias a medias, notas, esquemas, apuntes… todo lo que escribí hasta los 16-17 años. Todos los cuentos de cuando tenía 9, 10, 11 años. Algunos grapados y con portadas, otros escritos en un cuaderno. Cuentos de hadas, de aventuras… mi primera “novela”, que escribí con 12 años a mano en un cuaderno y que luego pasé a máquina de escribir. Otra novela que escribí con quince años, también a máquina, encuadernada en canutillo de plástico, de 104 páginas.
Era lo que hacía entonces: jugar. Disfrutaba como una enana (lo que era) escribiendo cuentos, y no me preocupaba de revisar, de lo que pensara nadie, de nada. Lo hacía para mí.
El impacto fue brutal: encontrarme de repente con un montón de historias terminadas de aquella época, cuando en aquel momento llevaba más dos años editando una novela. Sin haber publicado todavía ninguna. Y todo esto justo antes de cumplir los 40.
La tormenta perfecta.
¿Qué cambió?
A partir de entonces, me puse en serio con la edición de la novela. Con “en serio” me refiero a dedicarle una cantidad obscena de horas: en abril participé por primera vez a Camp NaNoWriMo y edité la locura de 110 horas en todo el mes. Yo creo que ni dormí, pero estaba decidida a “aprender a editar” de una vez. Seguí a rajatabla un libro de edición (Fix Your Damn Book!, de James Osiris Baldwin ) y me fue bastante bien.
Seguí editando los siguientes meses un montón de horas (una media de 20 a la semana), hasta llegar al Camp NaNoWrimo de julio, donde también participé.
Resumiendo, me tiré 4-5 meses editando como una loca.
¿Qué aprendí?
A) Que echando tiempo y esfuerzo, puedes hacer prácticamente cualquier cosa. Ya sea construir una reproducción de la catedral de Burgos con palillos o editar una novela.
B) Que lo odiaba con toda mi alma: el proceso, el resultado. Tengo la novela casi terminada, sí.
Y parece que la ha escrito una Inteligencia Artificial.
Los que me habéis ido leyendo sabéis que tengo una cantidad importante de manuscritos procedentes de NaNoWriMo criando polvo digital en el ordenador. Ahora mismo, que me interese publicar, creo que son 6 o 7.
6 o 7 novelas.
Así que me di cuenta que tendría que repetir ese proceso 6 o 7 veces.
No. No no no no no.
NO.
Escribo muy rápido. Puedo escribir una novela en un mes, quizás hasta menos si me lo propongo.
Pero lo que no puedo hacer es escribir una novela en un mes y tardar un año en editarla.
Vale, vamos a poner que una vez que he aprendido el proceso consigo hacerlo en 6 meses.
Es absurdo. Para eso la reescribo desde cero.
Cuando me di cuenta de esto, de que por fin había descubierto cómo editar y hacerlo eficazmente solo para darme cuenta de que no era lo que quería hacer, de que no me divertía en absoluto y era todo lo contrario a lo que sentía cuando escribía de niña, jugando, me entró una crisis. Con mayúscula.
La Crisis
Que quede claro: escribo para divertirme, porque adoro escribir y contar historias, porque no puedo hacer otra cosa.
No escribo para editar.
Editar es horrible y no quiero hacerlo. No quiero. Si tengo que pasarme la mayor parte del tiempo haciendo algo que me desespera y no quiero hacer, prefiero volver a mi antigua profesión de programadora, sinceramente. Por lo menos era divertido, se me daba bien y se gana una pasta. No sé si me explico.
Si escribo es para hacer algo que me gusta, no algo que me disgusta.
Así que me planté en verano, mitad de año ya. Más, porque era agosto. 40 años. Y pensando que escribir novelas y vivir de ello era un sueño, que con el ritmo de trabajo que llevaba era imposible, y que si seguía así no lo iba a conseguir nunca.
Periodo de reflexión
«Gracias» al cambio climático y la ola de calor de este año en UK, en verano pude pasar las vacaciones en una maravillosa playa inglesa (sí, existen). Como si estuviera en España, pero más cerca.
Estaba agobiada, sin saber qué hacer, odiando mi novela, odiando el proceso de edición, odiándolo todo, y decidí que era buen momento para parar y reflexionar.
Y eso fue lo que hice, un rato cada día en el porche, apartando mosquitos. Me dediqué a reflexionar, a pensar en lo que quería y lo que no quería. A hacer listas, pros, contras, a poner mis pensamientos por escrito. Dejé la edición de la novela apartada, por el momento.
Tenía que volver a los orígenes, a lo que quería hacer, a lo que me hacía feliz.
Al montón de papeles e historias que me había encontrado a principio de año, mientras metía mi vida en cajas.
Un poco de historia
En 2015 descubrí el blog de Dean Wesley Smith y me entusiasmé. Llevaba diez años (sí, desde 2005) escribiendo y reescribiendo una novela hasta el infinito, y las enseñanzas de su blog y libros fueron como una tabla de salvación: la idea de que se puede escribir limpio, a la primera, sin planificar y sin editar. Writing into the dark, o escribir en la oscuridad. Que es exactamente lo que hacía cuando era pequeña, cuando escribir para mí era un juego.
Es así como empezó todo esto, este blog, la trilogía de novelas que supuestamente iba a escribir y publicar deprisa, antes de que acabase el 2015.
Me di cuenta de que había abandonado ese camino y de que me había equivocado. Y decidí volver sobre mis pasos.
¿Qué hice?
Volví a leer su blog, que últimamente había abandonado.
Leí artículos antiguos que hacía tiempo que no había leído.
Releí los libros que tengo, volví a ver algunas de las charlas y cursos que en su día compré.
Decidí que solo iba a “alimentarme” de cosas que estuvieran en consonancia con esa nueva visión de la escritura: la idea de no editar, ni planear, de escribir bien a la primera. Un primer borrador limpio.
Guardé los artículos y los comentarios que me parecían interesantes, y los leí una y otra vez.
Leí libros que coincidían con esta manera de ver la escritura, y solo esos libros: ningún libro más de editar, ni de planificar, ni de nada más. Como mucho, de motivación.
Me obsesioné con los escritores pulp. Me compré y leí todos los libros sobre ello que pude encontrar.
Y un día, el click
No sé cuándo ni cómo fue. Calculo que hacia septiembre, o quizás octubre. Había apartado la edición de la novela (de momento). Empecé a escribir por escribir, para divertirme. A practicar. Tiré muchas palabras, algunas historias no iban a ninguna parte. Pero me divertía. Tenía algunas historias a medias y las terminé, sin muchos problemas ni dolores de cabeza.
Empecé a divertirme otra vez.
Empecé a escribir lo que quise, sin pensar en géneros ni en límites ni en nada. Escribir por y para divertirme.
Pararme a reflexionar, en vez de seguir hacia delante editando hasta el infinito por inercia, me sirvió para saber lo que realmente quería y lo que no quería.
¿Qué quiero?
Quiero escribir. Es lo que me gusta, como soy feliz. Quiero divertirme escribiendo, porque eso es lo que era escribir para mí: una diversión. No quiero verlo como un trabajo, como algo que “oh no, tengo que hacer esto…”. A ver, soy realista: sé que algunos días tendré menos ganas de escribir que otros. Pero si me va a costar como si estuviese picando en una mina, para eso recupero mi antigua profesión. Se me daba bien y no me costaba hacerlo. Y se gana, repito, una pasta gansa.
2018 fue el año que dije basta:
* A editar. No a editar sin fin: a editar en general. Tengo que seguir haciéndolo en historias antiguas, porque no voy a tirar mis siete mil borradores de novelas a la basura (aunque puede que las reescriba), pero en historias nuevas, no. Se acabó. A partir de ahora todos mis esfuerzos van a ir a escribir limpio, del tirón, a la primera. Como hacía antes. Como empecé a escribir.
* Al perfeccionismo.
* A no publicar. A partir de ahora, todo lo que escriba lo publico. Todo. Si tengo que hacerme un pseudónimo, o veinte, para encajar mis historias extrañas, los hago. De hecho, ya tengo alguno.
* A no hacer lo que quiero, a no divertirme.
* A no ganar dinero con mi escritura. Evidentemente era difícil ganar dinero cuando no tenía nada publicado. Para ganar dinero hay que publicar. Ya está, no hay más. Y no un libro al año, precisamente.
La clave de todo, la piedra filosofal, sobre lo que voy a construir el resto de mi carrera de escritora, es la siguiente:
Divertirme.
Eso es lo que quiero con mi escritura: divertirme, disfrutar como cuando era pequeña. Recuperar esa sensación de libertad, de juego. Reírme mientras escribo (he vuelto a hacerlo últimamente). Escribir lo primero que se me pase por la cabeza, sin censura, sin editarlo después.
Escribir va a ser, a partir de ahora, una aventura.
Voy a esperar al siguiente post para desvelar mis planes para este 2019 y la renovación del blog (esto ya es suficientemente largo), pero dejo una pista:
¿Cuál es mi objetivo?
Ser una escritora pulp. Es lo que siempre he querido ser: una profesional de la escritura, una “obrera”. Levantarme por la mañana, sentarme en mi escritorio, escribir durante x tiempo, producir, terminar mi jornada (sea cual sea), vivir.
Al fin y al cabo, es lo que mejor se me da: escribir mucho y escribir rápido. En cuanto a ideas, tengo más de las que puedo escribir en cien vidas.
Para terminar:
Cada uno es diferente, lo que me ha funcionado a mí no tiene por qué funcionarte a ti. Tienes que encontrar tu propio camino. Buscar, no rendirte, y seguir buscando. Porque un día todo hará click, te lo aseguro 🙂
Gracias por leer.



Buenas Lorena.
Me alegro mucho de que este año que ha pasado te haya servido para encontrar tú camino, y espero que a nosotros para encontrar a una brillante escritora (seguro que sí).
Solo darte apoyo y seguro que si sigues con esa fuerza, conseguirás tus objetivos.
Iré pasándome por aquí a ver que tal te va.
Feliz Año!
Miguel.